PAISAJE CON UNA MUJER

Por: José Muñoz Cota

(In Memoriam)

Todo está en su sitio. Ahí fue donde las dibujó la luz. Está la paz anacreóntica de Velasco; la aventura a colores agresivos del Dr. Atl. Sólo faltabas tú, tus ojos que colorean con emoción las manifestaciones del paisaje.

Saboreas, como si los masticaras, los colores predominantes: el azul del cielo con su sabor a menta; la gama de los verdes con su sabor a membrillo.

No ves ni miras, paladeas. Comes, con breves dentelladas, los verdes de los pinos; con sorbos lentos, exprimiéndolas, las nubes de algodón azucarado.

Entras y sales al paisaje como a tu propia casa. Te reconocen y entonces, te muestran la intimidad de sus espíritus.

En cada paisaje hay dos paisajes. El que vemos y el que ni siquiera intuimos.

Para ti no tiene enigmas la subconsciencia de las lejanías. Llegan a la palma de tu mano.

Dijo la sabiduría oriental: los ingleses cortan la flor para estudiar su biografía maravillosa. Los orientales se meten a la flor, se identifican, se sienten flor, para convivir la unidad del ser.

Pero las flores, espontáneamente, vienen a ti y te cercan y te secuestran, tal y como si hubieran reencontrado a una de ellas, fugada de su espacio.

Este es el paisaje con una mujer en el centro. O será: una mujer con un paisaje en su derredor.