Todo lo que hemos desperdiciado.

Uno de los objetivos más certeros de la campaña presidencial fue el de plantear la reactivación del mercado interno. No es una cosa menor; constituye el centro de un modelo de desarrollo nacionalista y democrático, al que se puede arribar sin necesidad de un cambio violento en nuestro tiempo, para países como México.

Mouris Salloum George

La profunda desigualdad mexicana –casi un icono mundial– no puede abordarse desde otro ángulo, simple y sencillamente porque el objetivo de impulsar el mercado interno tiene que ver con elevar los índices de productividad, competitividad, equidad en la distribución del ingreso nacional y en lograr condiciones más justas de convivencia.

Algunos despistados quieren ver una antinomia en el planteamiento de elevar el consumo popular con el de bajar el gasto al consumismo. Y no hay tal, pues ambos planteamientos son coincidentes: se trata de elevar el consumo de las clases desprotegidas, al mismo tiempo que se desincentiva el consumo suntuario y los gastos superfluos de las clases proverbialmente favorecidas. El poder adquisitivo, la existencia de dinero circulante en manos de las grandes masas es impostergable.

En esencia, se trata de que, a través de la generación de mercancías altamente productoras de empleo de mano de obra, se multipliquen las oportunidades de trabajo. Así sucede con los altos índices de ocupación en las industrias extractivas, constructoras, carreteras y de infraestructura, con las cuales se ha atacado históricamente el desempleo y el paro en los países que lo han sufrido.

Las teorías de pleno empleo se basan en esa hipótesis, además de incentivar la producción en materia agropecuaria, agroindustrial y en el encadenamiento de los procesos productivos de los sectores primario y secundario de la economía, para fortalecer el mercado interno y el consumo de las grandes masas y agregados poblacionales.

‎De esa manera se sortearon crisis históricas, como la gran depresión en Estados Unidos y la hambruna alemana de la preguerra mundial. Además, la teoría del pleno empleo fuerza el motor del Plan Marshall de reconstrucción de las economías japonesa y europea devastadas por la última conflagración mundial.

Y no estaríamos hablando de cosas irrealizables. Para darnos una idea del costo total del Plan Marshall en Europa y Japón de la cuarta y quinta década del siglo veinte, bastaría saber que fue mucho menor que el monto total de los excedentes petroleros mexicanos de los últimos dos sexenios, que acabó tirándose en el bote de la basura y en el caño de la corrupción pripanista.

Aunque no se quiera creer, con una inversión equivalente al diez por ciento de los excedentes petroleros mexicanos, fue posible salvar las economías de los países nórdicos, hoy ejemplo de la socialdemocracia y del desarrollo tecnológico y científico universal. De ese tamaño ha sido la impudicia de los regímenes conservadores y entreguistas mexicanos.‎ De ese tamaño es lo desperdiciado en manos de los corruptos.

Sin embargo, a nosotros la abundancia petrolera nos arrinconó en el mundo de la postmiseria, la delincuencia, la sevicia y la destrucción maquinada del país. Podría escribirse demasiado sobre este desagradable tema, pero basta ver las cifras del hambre, la miseria y la delincuencia mexicana para darnos una idea cercana al nivel de descomposición que hemos llegado, pudiendo haber accedido a otros grados civilizatorios, de haber tomado decisiones sensatas y honradas. Aun así, hay comentaristas melancólicos que todavía lloran la despedida violenta a los tecnócratas de huarache empollados por ese sistemita de poder.‎ Impostores de tomo y lomo.