EL TÍO PELÓN Y LAS PALETAS HELADAS.

Por: Teodoro Couttolenc Molina

Un día que estaba patachín y patachán, como siempre sin hacer nada, el tío pelón quiso correr mundo. Entonces, le pidió a Diosito que siempre le fuera bien “porque hay en esta tierra bendita de María Santísima tanta gente mala que se lo friega a uno sin siquiera darse cuenta”.

Empezó por los pueblos de la playa. Encontró allí gente ufana que de todo se reía y él entonces buscó la forma de sacarles la lana. Se puso a forjar atarrayas y a todos los convenció de que eran las mejores, las redes maravilla. Cayeron los pescadores y le compraron por miles, pero al tirarlas al agua, todas se descomponían porque eran redes no trenzadas y ni atadas, porque en todo estaban pegadas con saliva.

El tío pelón huyó de allí con muchos billetes, miles de pesos que obtuvo de las redes maravilla que nunca jamás sirvieron para pescar ni una horquilla.

Sintió entonces gran peligro y le pidió a Jesucristo que le hiciera el gran milagro de que nadie lo engañara “porque en tu reino del mundo hay mucha gente canija que se aprovecha del pobre y de quienes somos buenos”.

Púsose entonces el Pelón a embotellar buches de agua de sabores, había de coco y sandía, de papaya y melón. Vendió tantos botellones que le dejaron miles y adentro sólo llevaba agua con ranas pelonas. El tío pelón se huyó sin beber un buche, pero salió corriendo por todita la comarca.

Como lo perseguían aquellos a los que había afectado, le pidió a la virgencita que con su manto bendito lo tapara y lo cuidara “porque ya ves que aquí en la tierra que bendices, hay mucha gente muy mala, que se aprovecha de uno si lo ven abandonado y que anda con los faroles de panza”.

Quiso entonces el pelón hacer sabrosos “biñuelos” y logró que le regalaran varias toneladas de tierra porque los haría de lodo; para endulzarlos obtuvo la saliva de mil pericos a la que revolvió agua de mar y la embotelló por litros. Los llamó “biñuelos con miel de loro” y quién sabe a qué sabrían porque cuando quiso cocer sus “biñuelos” en la lumbre, se le volvieron polvo sobre los comales calientes. Entonces los embolsó y los vendió como pinole proveniente de las sierras y endulzado con miel de loro. De todas maneras, sacó dinero el tío pelón, pero tuvo que huir por lo que se fue al Polo Norte.

Allá está ahora vendiendo paletas heladas de queso, hechas con leche de pingüino y aderezadas con chocolate de oso.

Allí vive el tío pelón y si le quieres comprar nomás pone tu gorro de salta perico y vuela en avión de papel pa’que lo encuentres sentado en una playa de hielo con un sombrero de nieve vendiendo aguas frescas salpicadas con hielitos.

Y colorín, bien paleta, se ha quedado el tío pelón a vivir en la banqueta… tan, tan.