EL TÍO PELÓN EN BRASIL

Por: Teodoro Couttolenc Molina

El hombre más desocupado del mundo, que no era otro que Tío Pelón, quiso hacerse propietario de unas minas de piedras semipreciosas, esa que son ligeramente color violeta y que se han utilizado para elaborar aretes muy apreciados por las mujeres porque, aunque no son demasiado caros, lucen muy bien.

Descubrió que un librero deseaba vender la minera de la cual era dueño, ubicada en el lugar denominado precisamente Las Minas. Enfrentó la dificultad de convencer al propietario de que le abriera un crédito por el precio del negocio, lo cual logro aduciendo que la cantera no se iría del lugar donde estaba y que, si no le firmaba de pronto las escrituras, seguiría siendo el titular hasta que le terminara de pagar, con el producto de la explotación que realizaría.

La segunda contrariedad fue llegar a la mina, pues tuvo que bajar y subir terribles montañas a las cuales solamente a pie se puede acceder, pero lo logró.

También a crédito, creó la publicidad gigantesca anunciando las piedras, que ofrecía a precios bajísimos. Así, tuvo pedidos inmediatos, en los cuales exigió el 50% del importe total, como garantía. De este modo obtuvo millones de pesos.

En cuanto tuvo el capital, el Tío Pelón se exilió voluntariamente hacia el Brasil, país donde hay diversión permanente, pero tiene el atractivo de que no existe la extradición a México.

Llegó con gran boato, como si fuera el rey de los diamantes, que todo mundo supiera que era supermillonario. De inmediato hermosas jóvenes lo asediaron. Pensó que lo único que debía hacer era escoger la más bella, pero viejo experimentado y ambicioso, buscó la más rica, aunque no fuera la más despampanante, ni siquiera fea.

Así, utilizó la mejor labia que poseía para que ella supiera que debían unir sus caudales, para hacer una familia rica y poderosa. Pero se le iban los ojitos tan sólo de pensar que se juntarían los cincuenta millones de pesos que él llevaba, con los quinientos millones que estaba enterado tenía su futura, aunque de inmediato empezó a fraguar la manera de quedarse con todo el dinero y deshacerse de ella.

La dama, toda llorosa, le informó que la familia prohibía la boda, toda vez que no sabían a ciencia correcta que la fortuna del viejo era real. Como se estila en las altas esferas, le pidió que depositara los cincuenta melones en el banco, como dote que garantizara un buen matrimonio.

Una vez hecho lo anterior, el tío Pelón se presentó a la casa de la novia para realizar la boda. Llevaba al juez, a los testigos, todo, todo, porque sabía que del banquete se encargaría la linajuda familia de la novia. Pero nadie había en esa casa.

La buscó en los lugares que sabía frecuentaba y vivía, para completar su felicidad, pero fue inútil. Nunca apareció la desdichada.

El Tío Pelón quedó en aquella tierra que desconocía, donde no tenía amigos, y únicamente lo reconocerían como el coloso rey del taparrabos que cubría sus miserias.