EL CHARRO SIN CABEZA.

POR TEODORO COUTTOLENC MOLINA

Un tema sumamente atractivo para todos era señalar el kiosco, construido por algún gobierno antes de la Revolución de 1,910, según cuentan mis paisanos, y un enorme y frondoso árbol junto a él. Se decía que de allí, del árbol, salía un charro negro sin cabeza, montando un caballo, negro también, que echaba humo mientras se le podían ver los enormes ojos de fuego rojo. Ese jinete atravesaba el pueblo. Los cascos de la bestia sacaban chispas en las piedras de las calles pueblerinas.