NUBES Y CREPÚSCULOS

POR: JOSÉ MUÑOZ COTA

(In Memoriam)

La del alba será, cuando esconda los crepúsculos en el último rincón del alma. Será cuestión de regresar por los caminos andados.

Sería la postrer bandera, recoger las palabras que sembró mi cólera aventurera. Mi gesto indiferente frente al dolor del mundo, el hombro levantado frente a la soledad del niño sin pan y sin juguetes. La mala yerba que sembró mi espíritu…

Pero esta es la cuestión: ¿Bastará con el tiempo que aún me queda?

El reloj se ríe, porque ahora, con el corazón jubilado todo el tiempo es mío y siento que no me alcanza.

No se puede inventariar lo que no se tiene y tal vez no se tenga nunca.

Se me pasó la mañana; se me huyó la tarde buscando poseer un crepúsculo y llegará la noche para descubrir que en la caja fuerte sólo he guardado palabras, muchas de ellas convertidas en polvo. Pero puedo decir que he coleccionado nubes.

Cada nube es una campana que perdió la voz. Por eso están mudos los paisajes.

Se cuenta que llegó una revolución de relámpagos y se llevaron en ancas de caballo, la plegaria de las campanas.

Eso dicen los campesinos, afilando sus lunas, por si acaso.

Ochenta y cinco años buscando algo que, a lo mejor no existe.

Ochenta y cinco años de propiciar el encuentro con uno mismo. Es la ironía del oráculo de Delfos. Aunque tal vez, aparezca en el mercado de los psicólogos, el instrumento necesario para verse por dentro. Un espejo del alma que descubriera las arrugas que van apareciendo en el alma (El alma y la piel, los dos, se arrugan simultáneamente.)

Tú eres el almario donde se resguardan, frescas y limpias, las mudas de mi espíritu; lavas y perfumas la ropa sucia que se amontona en casa. Das lustre a los pensamientos con que camino. Vara y cayado para los tartamudeos de mí paso.

Viajo con tus miradas. Creadora de paisajes. Alfarera de albas. Creo que debemos coleccionar olvidos. Así, cada olvido será una puerta cerrada para que no entren fantasmas ni almas en pena

Ya confesé mi remordimiento por las malas palabras que pronuncié y cómo duelen las manos que no levantaron la ternura de cualquier lágrima caída.

Pero no puedo pedir perdón a la luz, ni al aire franciscano, cuando herí los silencios astrales con mi torpe ruido…

Nada hago solo. Tú y yo afinamos palabras, para esta llovizna de olvidos.