EL RETRATO DE DORIAN GRAY.

Por: José Muñoz Cota

(In Memoriam)

Si cada uno de nosotros tuviéramos un retrato como el de Dorian Gray, en donde se fueran pintando las pasiones, las indiscreciones morbosas de nuestra existencia, ¡que terrible peligro!, sería cuestión de indagar, buscar, arrebatar, la intimidad de nuestros semejantes en busca del verdadero perfil psicológico de los amigos y de los enemigos.

La ambición del poder, sobre todo, deforma los rasgos del personaje poseso por ella. Modela y remodela el rostro. Fabrica una máscara a su medida, de tal modo que los ambiciosos de mando corroídos por la necesidad de ordenar al prójimo, de sentirse amos y señores, no alcanzan a disimular sus inclinaciones, pese a que algunos de ellos, han sido educados brillantemente. Algo los denuncia en la mirada, en un rictus, en un ademán.

José Ortega y Gasset comparando la manera de ser de la mujer y la del hombre, afirma: «La vanidad de la mujer es más ostentosa que la del hombre precisamente porque se refiere sólo a exterioridades: nace, crece, vive y muere en ese haz externo de su vida; pero no suele afectar su realidad intima. La prueba de ello es que esa vanidad del atuendo, frecuente en la mujer, no nos permite inferir las condiciones de su carácter con la misma seguridad que si se tratase de un hombre. La vanidad del varón, menos ostentosa, es más profunda. Si el talento o la autoridad política saliesen a la cara, como ocurre con la belleza, la presencia de la mayor parte de los hombres sería insoportable. Afortunadamente esas excelencias no consisten en rasgos quietos, sino en acciones y dinamismos que requieren tiempo y esfuerzo para ejercitarse, que no pueden ser mostradas sino demostradas».