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VACACIONES

POR: JOSÉ MUÑOZ COTA

(In Memoriam)

Salimos de viaje obedeciendo un mandato interior de cambio. Algo anda cayéndose de nuestro quehacer espiritual desajustado. Se han enmohecido, por falta de movimiento, algunos reflejos condicionados.

Ya no se es el mismo por fuerza de continuar repitiéndose. Se ha desgastado el ser por ausencia de motivaciones vírgenes. Entonces surge imperativo e implacable, un antiguo deseo de remendar los calendarios ya con agujeros.

Cambiar de traje al alma; darle otro paisaje para que rejuvenezca o, cuando menos, sueñe que lo hace cumpliendo el ritmo de la metamorfosis que tanto placía a don Alfonso Reyes.

El viaje es un pretexto para cambiar de jaula. De oro o de cobre, pero obstinadamente jaula, como lo dice la letra de una canción popular.

Sin embargo, la posibilidad de hacer y consumar actos desusados en otro sitio y mudar la feria de los rostros ya aprendidos de memoria de la impresión de editar una nueva aventura.

La aventura es una evasión momentánea de la costumbre y ya se sabe, quien logra huir del laberinto de las costumbres es como quien cambiara de piel al alma y estrenara otra, maleable para buscar lo inédito.

Entonces, cuando se viaja, no hay que llevar maletas ni libros, ni siquiera los mismos ojos, porque quien no se resuelve a mirar el tiempo y el espacio con otros ojos, no tiene ninguna razón para abandonar su pequeño sitio, en donde se apoltrona el pensamiento y en donde el corazón se desplaza en silla de ruedas.

Hay que salir de viaje con el propósito de asesinarse a sí mismo la primera noche, para luego renacer con el azoro con que Adán, el bíblico hizo su entrada a la vida.

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