TÍO PELÓN Y EL DINERO

POR: TEODORO COUTTOLENC

El Tío Pelón, cuando cursaba el primero o segundo de primaria deseaba mucho besar a una niña bonitilla llamada Catalina. El problema es que la niña todos los días era acompañada por otro condiscípulo, chamaco flaco y desmedrado que tenía alucinada a Catalina, tal vez porque vestía un overol de trabajo y lo presumía, así como a veces llegaba manchado con grasa en la cara afirmando que se lo había hecho reparando una locomotora de ferrocarril donde trabajaba su padre. La niña le creía y reía, reía ante todos los compañeros de Escuela. Pero el futuro Tío Pelón no podía asumir tales encuentros. Sentía que lo odiaba porque le ganaba el afecto que él anhelaba.

Una persona mayor le aconsejó que para aliviar su desventura debería seguir al pie de la letra las indicaciones que le daría y así obtendría el objeto de sus deseos. Todo menos lerdo, de inmediato llevó a cabo el plan que le trazó aquel adulto. Se hizo amigo del chamaco para de inmediato urdir la intriga:

-“No sé qué le ves a Catalina. Es una chiquilla muy fea, en la cual yo no podría fijarme. Ella se me ha insinuado y me dijo que le “caes muy gordo”, que le molesta que todo el tiempo estás sobre ella y que te odia porque siempre la quieres acompañar a su casa a la salida de la escuela”.

La insidia logró el objetivo y desde ese momento el otro decidió dejar de acompañar a Catalina. Permanecía dentro del salón de clases divisando a la niña que en la esquina de la escuela permanecía con los libros bajo el brazo, parada, mirando a todos lados, hasta que su hermano mayor pasaba diciéndole que era ya muy tarde y debían irse a su casa. Después de un tiempo la niña salía derecho para su casa y él podía irse también para la suya. Pero el romance esperado por nuestro héroe nunca llegó, ni con el tiempo; así concluyeron la primaria y cada quien tomó su propio camino.

Pasó el tiempo y del Tío Pelón se contaba que tenía el don de enamorar a los grupos de agricultores indígenas de su pueblo. Agraciado con la fortuna de tener el primer teléfono de la región, le era necesario engatusar a la gente. Reunía a los productores agrícolas para darlas las indicaciones presidenciales sobre sus trabajos.

-“Bueno, con el señor presidente de la república -decía al teléfono delante de los campesinos- Quiúbole, manito, estoy aquí como me dijiste con todos los productores de naranja ¿Cómo dices? ¡Claro!  Me están oyendo y les repito que les pides te ayuden, trabajando todas sus hectáreas. Sí, yo veré esto de que te apuntalen económicamente porque sé que te deben apoyar. Ellos están de acuerdo; les digo que aquí traigan el dinerito y que yo te lo hago llegar de manera confidencial. – y dirigiéndose a los presentes, gritaba: – ¡Señores: ¡el señor Presidente agradece su apoyo, los bendice y bendice su producción! Gracias señor Presidente, gracias a mi amigo querido, el Presidente de mi país. Gracias y hasta pronto. Yo te voy a ver y te llevo el dinero que te mandan estos buenos hombres que te agradecen y te bendicen por tu autorización tan generosa”.

Así vivía el viejo. De allí amasó una fortuna considerable que se deshizo con el tiempo y la ayuda de una vagina aventurera que lo dejó tirado en cuanto vio que se acababa el dinero.