NAPOLEÓN Y EL DIVORCIO.

POR: TEODORO COUTTOLENC

De pie frente a los volúmenes de la ley civil -que aún en el siglo XXI le glorifican como el creador del Código Napoleónico-, el emperador se regodea de sus triunfos, ante la sonrisa que Josefina trata de hacer angelical. La mirada de él, sin embargo, tiene un dejo de amargura cuando empieza a caminar dando vueltas en el saloncillo verde, de sólo doscientos metros cuadrados, y de vez en vez observa el reloj de bolsillo que le regalara Talleyrand. Ella mira como distraída el de pared, obsequio de Fouché. Las miradas se encuentran y las sonrisas afloran rápidas como el relámpago.

-“Dueña de todo mi amor y de todo mi pensamiento-le dice él hincando una rodilla en la gruesa alfombra- Importantes e inaplazables asuntos de estado reclaman mi atención. Ve a tus habitaciones y piensa en mí un momento al menos. Pero sabe que en cualquier instante tu puerta puede saltar por la fuerza de mi brazo y entraré en ese cuarto acompañado por mi honor y por mi espada, que son el honor y la espada de Francia”.

Cuando la capital figura desaparece por una puerta, Josefina se levanta y corre por otra salida con la mirada rejuvenecida, ahora la encontrará la lujuria, el erotismo y el placer, lejos de “su” emperador…

Napoleón, ágil y presuroso saca su pantalón, se acuesta en la alcoba rosa junto a Madame “M” y copula con movimientos rápidos, agitados, cerrando los ojos y apretando las mandíbulas… olvidándose de Josefina, piensa intensamente en la mujer polaca, mientras ve el reloj y musita con la misma rapidez: “Pinche Papa… Pinche Papa”.