¡MADRE!

Por: José Muñoz Cota

(In Memoriam)

A tantos años vista, pago, la letra de mi nombre, porque todo yo soy apenas el eco, la resonancia del generoso préstamo de sensibilidad -sabedora, ay, de que no iba a pagártelo nunca-, de tu emoción creadora, de tus nervios musicales que por siempre han tatuado su paso en la desordenada carrera de mis días.

Si digo madre, si digo corazón, si digo ternura, no estoy diciendo sino pequeñas voces cotidianas que de tanto repetirlas ya perdieron su original fulgor, su pasión única. Pero pretendo confesar mi angustioso arrepentimiento, porque yo sé que nadie es buen hijo, en cuanto nadie se consagra al culto de la madre, a la devoción que tan santamente se merecen.

¿Queréis un argumento que favorezca la tesis de la bondad del ser humano y la réplica a la insolencia de los darwinianos que reiteran la lucha por la vida y la selección impostergable del más fuerte? Pues repetid y gritad una sola palabra: ¡Madre!, porque la madre es algo más que el compañerismo, que la solidaridad, que la fraternidad, que el ejercicio del respeto recíproco; va más allá de los imperativos categóricos de la moral kantiana o del perdón a los enemigos, del cristianismo paulino; la madre es la sublimación exacta de la existencia, ¡todas las flores del mundo unidas! En expresión filosófica de algo más que la vida como desinterés y como caridad, es algo más que la conducta guiada por el amor, la madre es la eclosión del amor sublime.

Porque el amor maternal entraña en su esencia, una manifestación de los elementos humanos -dentro de la afectividad- que saltan por encima de lo normal, de lo naturalmente biológico, esto es: el amor de la madre constituye un cosmos aparte, lo maternal.

Cuando era niño pensaba como niño; cuando era joven como joven; siguiendo el grácil versículo de Pablo de Tarso, hoy podría revelar que pienso –nostálgicamente- como un hombre que anhela recuperar, aunque sea en parte, el delicioso tesoro de la infancia…. pero, de joven leí un verso -elástico como el paso de los camellos en el desierto- del escultórico Guillermo Valencia: “Nunca bebas, me dijo, del licor femenino, que es licor de mandrágoras y destila demencia…”

¡Cuántas edades transcurrieron, para mi desventura, antes de concluir que toda mujer es santa, magnífica, sublime, porque toda mujer es, potencialmente, una madre en agraz!

Lo otro, las veleidades, ¿qué importan? ¿No son acaso, meros accidentes vitales, circunstancias fortuitas? Pero la mujer se eleva hasta la transfiguración cuando se anuncia madre.

Justa es la voz del Arcángel: “Dios te salve María, llena eres de gracia”…; la gracia de la maternidad.

Y, ya en este terreno de la maternidad y de su instinto, las heroínas en la historia, ¿qué son sino madres en la más alta estatura, de más ancho pecho, pariendo patrias y amamantando horizontes?

Es cierto que toda mujer, en el aula, en el taller, en el agro, se desempeña en función de su capacidad generadora de valores y caminos.

Por eso nos duele, nos repugna y enferma ver a las mujeres -no importa la ubicación geográfica- con un arma en los brazos, cuando su dinámica natural es dar la vida y desde la edad de las cavernas, inicia la canción y la poesía al musitarle al hijo la primera canción de cuna.

La madre creación ininterrumpida; madre célula, madre generatriz, madre naturaleza..

Hay un versículo bíblico: “¿Dónde está ¡oh! muerte, tu aguijón?”… La muerte no existe, como final, como anticipación de la nada, en tanto haya en el mundo una madre expuesta a la sublimación de serlo, sufriendo los dolores del parto.

Y las revoluciones, ¿no tienen semejanza con el parto? ¿Y filosofía y la ciencia?

Porque la madre sella su sino en la piel de los calendarios; sella su presencia; sella su infinitud; la durabilidad, la eternidad de su amor.

¿No es la madre sempiterna escultora de la más inquietante, móvil, prometedora, de las estatuas vivas?

¿No es, para siempre, creadora del apotegma sin orillas de la existencia humana?

Yo podría glosar una frase grata a mi corazón: ¡Mientras haya una madre en el mundo, habrá esperanza!

Presente o ausente, ella, la madre, es bálsamo, perfume, caricia, arrullo, perdón y misericordia, perdón y amor; porque las madres y las albas, por el cielo y la tierra, caminan juntas.