LOS MUCHACHOS

Por: José Muñoz Cota (✟)

(In Memoriam)

¡Que hermoso hubiera sido imitar a Anatole France cuando escribió “El libro de mi amigo”!

Nunca supe francés. Lo leía a saltos, buceando la traducción; pero, en cambio, no abandonaba el ejemplar “Le livre de mon ami” que, por supuesto ni siquiera intenté leer, no obstante de que llamó la atención de la maestra quien, sorprendida, me obsequio un diez orondo y lirondo.

Los muchachos llegaron a la preparatoria, cada quien con el pasaporte de su paisaje natal. Lamberto Alarcón, poeta, oriundo del estado de Guerrero, delgado, nervioso y sensible; Emilio Cisneros Canto, yucateco, con su enorme cabeza empotrada sobre los hombros, una cabeza sembrada de pirámides y cenotes sagrados; Josué Mirlo, del Estado de México, con la figura sacerdotal, y sus ojos de miope, ya, desde entonces, loquero de paisajes; César L. Bonequi, refulgente, con tantos libros metidos en la cabeza, era el único que hacia poemas al vivir, al hablar, al beber.

Nos reuníamos por la noche y caminábamos mucho con versando. Luego sentados al filo de la banqueta nos leíamos recíprocamente los versos escritos durante el día.

Lamberto recitaba, con su voz resonante, “En los umbrales del infierno”; Emilio, “Tuve una vaca pinta”; Josué nos estremecía con los fragmentos de su “Manicomio de los paisajes”…

Con ellos bebí mis primeros vinos -el vaso de bon vino- Y con ellos traté de saltar la adolescencia y de sentirme ya hombre maduro.

Bueno, también estudiábamos y, sobre todo, amábamos a algunos maestros entrañables: Horacio Zuniga, José Romano Muñoz, Erasmo Castellanos Quinto y Samuel Ramos.

No es posible olvidarlos. Siguen dictando sus cátedras aun cuando ya no existan y nosotros, cursilonamente románticos, no dejamos de pelear con quienes no creen en ellos.

Debí haber escrito ese libro. Quizá, hoy mismo, estaría satisfecho de haber cumplido una obra, la que no se puede dejar de cumplir.

Todos estos amigos han muerto ya. No existen más, ni el café de chinos de Alfonso, ni la cantina pobre que ostentaba un nombre fantástico: El águila de dos cabezas.

En esa época preparatoriana gané el primer concurso de oratoria, convocado por el periódico “El Universal”.

Yo era bajo de estatura y muy delgado; tenía una abundante cabellera ondulada, rebelde a las ordenanzas de Carreño. Vestía modestamente y en el fondo, aunque nadie lo creía, era un estudiante tímido, enamorado de los libros, pero propenso a faltar a clases y manejándome, para estudiar a fogonazos de voluntad; pero hablaba ya con vehemencia, me atrevo a decir que con elocuencia.

Algo de expresión magnética. No me faltaba práctica. En la edad de la fe, en la Iglesia Metodista de Gante, mis instructores, J. T. Ramírez, y el escritor Camargo, ambos alumnos del Seminario, me habían apadrinado en los primeros lances oratorios, en aquellas veladas de la Liga Epworth.

Pero no creía yo en mi capacidad como contendiente. Fue Guillermo Tardiff, quien, frente a mi indecisión, me inscribió por su cuenta y no sólo eso, sino que invitó a una hermosísima señorita, Cecilia Alarcón, reina de la Escuela “Gabriela Mistral”, para que fuera mi madrina.

Realmente no me preparé lo bastante. Siempre me atuve, aun hoy, a mi facultad para improvisar extemporáneamente.

Gané con relativa facilidad; pero apenas acababa de escuchar el fallo en los labios de José María Lozano, el helénico orador, cuando sentí en el hombro una mano que me llamaba la atención. Era Alejandro Gómez Arias.

“Lo hiciste bien -me dijo-, pero no olvides que yo vengo a competir por el estado de Tlaxcala…”

Fue un duchazo. Alejandro ya había terminado sus estudios en Preparatoria. Era el jefe de un grupo de inteligentes, “los cachuchas”, que invadían el patio principal de la Escuela Preparatoria, para mofarse de maestros y alumnos. Todo el mundo se hacía lenguas de la oratoria de Gómez Arias. Yo tenía miedo. No obstante multipliqué mis lecturas y escuché las enseñanzas de Horacio Zúñiga, alfarero en llamas.

Al fin llegó la prueba. Los preparatorianos estaban conmigo. Luis I. Rodríguez, de Guanajuato, tenía una porra formidable que comandaba el torero Juan Silveti; Gómez Arias, con voz débil, atildado, casi académico, pronunció una pieza salpicada de ironías en contra del frac de Luis I. Rodríguez. Yo, desmelenado, asalté la tribuna y me encendí con periodos apasionados. Gané. Luis I. Rodríguez, quedó en segundo lugar y Alejandro en tercero.

Alejandro y yo nunca hemos sido amigos. No me ha perdonado. Luis, si, fue siempre cordial y coincidimos en la campaña electoral del Gral. Cárdenas

Fui a Europa -como premio- en compañía de los ganadores principales de los Estados Unidos.

Aquello fue tan rápido como una película cinematográfica. De esa experiencia sólo me quedó el amor a la pintura y el recuerdo de los museos visitados.

En la prueba internacional ocupé el segundo lugar. Ganaron los Estados Unidos; el libro, “Oratory”, de Randolph Leigh, el director del evento, quien viajó con nosotros publicó mi discurso acerca de Bolívar, en inglés y en español.

Entonces me ocurrió algo inusitado y que pocos amigos saben. El señor Leigh, hombre de recursos económicos y, soltero y sin familia, me propuso quedarme con él como hijo adoptado y, simultáneamente, como director y promotor del concurso en Centro y Sudamérica.

México andaba a mi lado con su ausencia. Rehusé la brillante oportunidad y volví a las calles del Apartado número 14, al lado de mi abuela, mi madre y mi tía.