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LA TRAMPA DE LAS PALABRAS

POR: JOSÉ MUÑOZ COTA (✟)

“Casio librará a Casio de la esclavitud”

Shakespeare

Ignoro las razones por las que salí a campo traviesa buscando la aventura de las palabras.

Es mal negocio el verbo por el verbo mismo. La vocación de escritor revela el amor a la camisa de fuerza que usan en el manicomio.

Es oficio sin destino. Hay bibliotecas que superan a la de Alejandría y dentro de ellas, encadenados, millones de libros ruinosos, cuyos simples títulos se ignoran por completo.

Empeñarse en redactar un libro es tanto como dedicar la existencia a la construcción de un laberinto con piezas de marfil, como en el misterioso cuento de Jorge Luis Borges.

Un libro más ¿Qué importa al mundo? ¿Y quién va a leerlo? Porque el hecho es que el escritor – confiéselo o no- cumple la confesión de Sartre: “Se escribe para sus vecinos o para Dios”. Cuestión de la sangre.

El escritor, aun el realista, trae levadura romántica. Porque es romántico el impulso de sentirse insatisfecho, inadecuado, extraño, en el mundo de las circunstancias que nos han tocado sufrir. Quienes no son románticos son los filisteos, los comerciantes.

La humanidad se divide solo en dos clases: románticos y utilitaristas. El romántico ansía la aventura, el hallazgo de otros universos. El comerciante no tiene tiempo para contar las silabas de un verso, ocupado, como está, en contar las monedas de sus ganancias.

Se nos dijo: se nace idealista o se nace materialista. El ser está predestinado a estar de pie sobre la tierra plana y segura, o bien, a fabricar devotamente sus alas, aunque estas sean de cera.

Escribir no es confesarse en voz alta, es evadirse de la atmosfera que nos parece injusta y fea.

Jean Paul Sartre, en su libro “Palabras”, nos relata, con tierna ironía, los supuestos diálogos sostenidos con el Espíritu Santo, para justificar el absurdo de pretender escribir libros.

“Señor, ¿Qué tengo yo para que me hayas elegido?”. “nada en particular”. “entonces, ¿Por qué yo?”. “sin ninguna razón”. “¿tengo al menos alguna facilidad de pluma?”. “Ninguna”. “¿Crees acaso que las grandes obras nacen de las plumas fáciles?”. “Señor, si soy tan nulo, ¿Cómo podría hacer un libro?”. “Aplicándote”. “Entonces, ¿cualquiera puede escribir?”.  “Cualquiera, pero te he elegido a ti “. De este modo – nos confiesa- hallaba una excusa para justificar el malsano propósito de ser un escritor.

La verdad es que yo nunca hablé con el Espíritu Santo; no me coaccionaron las leyes de la herencia, ni las presiones familiares o docentes, y, todavía hoy no me explico  la razón de no haber visto la piedra en el camino, tropezar y caer en el hoyanco lleno de agua sucia.

¿Quién puede determinar, en este caso, si hay que seguir adelante o si, por el contrario, hay que dar dos pasos atrás y uno adelante?

Me diréis: el crítico literario es el termómetro justo y exacto. Pero, ¿Qué es un crítico? El lector de una obra que anda cazando los gazapos que contiene y luego se regocija en darlos a conocer.

No puede haber críticos buenos y malos. Se es crítico, simplemente, como para marcar los yerros y los aciertos que halla en su lectura objetiva, despersonalizada.

Y todo es comprensible; pero ¿Cómo salvarnos de las influencias  subjetivas y del juego pertinaz de las simpatías y las diferencias?

Así cuando critico algo que no me gusta, me estoy midiendo con una regla ya previamente existente y, sin embargo, no puedo negar que al aceptar una regla estoy condenándome a ser el esclavo de esa ordenanza.

La crítica objetiva no es concebible. No se puede erradicar el interés que, desde el hecho de preferir este o el otro texto, ya está manifestando sus preferencias.

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