LA PASIÓN SEGÚN EL TÍO PELÓN

POR: TEODORO COUTTOLENC MOLINA

Cuando el viejo maestro amenazó con narrarme su historia me advirtió que sería lo más prolijo porque, sentenció, «Toda mi vida contiene los últimos cinco años y de ellos tan sólo cinco días son los que cuentan». Lo dejé hablar en consecuencia y me hizo el siguiente relato:

Era yo Director de una empresa dedicada a la compra-venta de zacate; altamente altruista, no perseguía lucro alguno. Su propósito esencial era proporcionar zacate a los animales desvalidos, a un precio súper asequible. Pese a ello, reportaba pingües utilidades. El truco era simple: para que los beneficios del zacate barato se pudieran disfrutar, debía pagarse una suscripción modesta y como el número de suscriptores era altísimo, la empresa obtenía recursos por sumas superlativas. Pero eso es historia que no nos interesa. Vayamos al costeo de mi vida que es muy lamparosa.

Ya quedamos en que era director de la empresa y allí laboraba contento porque hice entre los trabajadores muchos amigos. Después de todo si no haces amigos no logras beneficios en ninguna parte. Este país así está hecho. Empecé a ver para todos lados. Donde quiera asomaba la sinvergüenzada. El gran patrón se decía que recibía todos los días muchos abultados maletines conteniendo dinero con el que engrosaba su fortuna personal.

No es que uno se haga de a boca chiquita ni que espere que los chaneques le regalen las ollas de dinero, no. Pero uno mamó educación de la cual es muy difícil desprenderse. Uno quiere llevarse todo lo honesto que aprendió en la familia, aunque vea que hay políticos que se relajan con los billetes. Pero eso también es otro cuento.

Cuando llegó mi amigo, el de los chaneques, con su recomendada, me pareció que era algo serio lo que tenían que ver entre ambos. La experiencia me había enseñado que entre hombre y mujer nada de soledades ni de relaciones puras y platónicas, qué canijo.

«Éstos se andan acostando desde cuándo», me dije. Pero el Anselmo me lo negó. Afirmó todo el tiempo que respetaba a la mujer porque ella era amiga de su esposa y, claro, el tarugo lo creyó.

Lo que sea de cada cual, la mujer no era fea ni tenía mal cuerpo. No, qué carajo. Poseía el cuerpazo, una cinturita y unas caderas que hacían temblar a cualquiera. «Contratada de inmediato», dije con la esperanza de que se me aventara con un abrazo, unos besos y que luego me invitara a su casa. Claro que lo hizo. Lo de la invitación. Yo adopté una posición sana y le agradecí.

Al galope de los sucesos, otro día me dijo: «Quiero irme de este trabajo». -«Pero a qué se debe eso? -inquirí- ¿Tan mal la hemos tratado?»

-«La verdad es que me pasa algo como nunca -expresó sonriendo como con pena y haciendo relucir los ojazos verdes que natura le regaló, bajándolos luego con tristeza-. Lo he soñado a usted y ya no sé qué hacer».

Le pedí que no se fuera que haría lo posible por salirme de sus sueños, como si tal cosa fuera una cuestión mía y yo pudiera hacer y deshacer con la mente de cada quien. Entonces me invitó a comer a su casa. Tenía varias, producto de una unión marital anterior. Visité su casa en compañía de otros. Allí mismo, mientras los demás tomaban la copa, me anduvo enseñando el edificio, mientras yo intentaba declararme. Con sus ojos pizpiretas me detuvo: «Va usted muy aprisa».

Después le escribí cartas. Edité un periódico estudiantil para halagarla. Digo estudiantil porque no podía ser otra cosa. Lo denominé «La Voz Joven de Hoy» y lo hice circular entre los trabajadores conteniendo versos, cuentos y noticias locales, para que «todos accedieran a la vida cultural de la ciudad». Entonces me enteré que tenía un hermano estudiante o algo así que acudía a ella para que le resolviera sus problemas.

No puedo decir que sostuve un romance con ella. Sentí, sin dudarlo, su aliento para que lo hiciera. Pero a la vez me contenía con evasivas y con palabras cuyo propósito era alejarme de una relación sexual, pero alentándome a continuar asediándola. Todo esto me hacía palpitar más de la cuenta. Enardecía mis sentidos y empecé a forjar sueños con ella, ideas de que podíamos vivir en una isla lejana un idilio de novela como las clásicas del siglo XVIII. Como no era posible nada de ello, empecé a odiar los trámites, el zacate y las vacas. Solamente pensaba en la dulcinea como don Alonso Quijano y con la misma o peor suerte.

Al fin decidí renunciar… a ese trabajo. Ella permaneció insólitamente tranquila. Mi amigo el Anselmo se alegró. Otros también. Alguno de ellos llegaría a ocupar el lugar que yo dejaría. Y así fue, mi amigo llegó a Director. «Te juro que yo no hice nada. No me explico por qué me designaron a mí.» Fueron sus palabras exactas.

Cuando el gran jefe fue a darle posesión, lo vi feliz y al jefe entusiasmado, mirando como de soslayo aquellos ojos verdes pizpiretos que me sumieron en el mayor de los desamparos ese día.

Pasaron los años. Hasta anoche recibí un telefonema de aquella mujer con lo cual sentí que me extrañaba. Le propuse vernos, pero le advertí: «Me encontrarás algo distinto». Cuando me vio abrió tamaños ojotes y se puso a reír. Es que en ese tiempo subí quince kilos de peso, la pesadumbre me hizo más moreno, se me cayó el pelo y de mi hermoso copete a la James Dean de los sesentas, sólo quedaba un cráneo liso y redondo, el que ha hecho que me llamen el «Tío Pelón».