LA LEALTAD Y LA SUCESIÓN

POR: JOSÉ MUÑOZ COTA (✟)

Releo un libro de Juan Bustillo Oro: Vientos de los Veintes y me detengo en las páginas en que trata de explicarse la llamarada cívica del vasconcelismo.

Generalmente la popularidad de un movimiento origina la disposición en contra de la estructura política reinante.

El vasconcelismo no fue tanto el resplandor del genio del maestro, -siéndolo-, sino la canalización del descontento en contra del sistema imperante, provocado por los caudillos militares de la Revolución Mexicana.

Los jóvenes vasconcelistas, arrancados de las páginas de Andreiev, palparon la resonancia más allá de los círculos universitarios, tangentes a la esfera de la multitud no estudiosa. Luego, los sorprendió la pasividad del gobierno y su policía, dejándolos agitarse con aparente libertad.

La popularidad de Vasconcelos creció en proporción al descontento con Calles. Nadie tomaba en cuenta a Ortiz Rubio. El pueblo no vota por el que llega, -votando- sino contra el que se va.

Entonces, el Vasconcelismo significo un anticallismo. De igual modo, pasando los años, el cardenismo se solidificó, en cuanto significaba también, una repulsa al callismo.

Cuando el general Cárdenas obtuvo la bendición papal de Calles, en la ciudad de Ensenada, en la finca El Sauzal, propiedad de Abelardo Rodríguez, con la decidida ayuda de Rodolfo y Plutarco, hijos del Jefe Máximo, en esos días, el Gral. Cárdenas no era popular de ninguna manera.

Su popularidad la fue haciendo desde que modifico el estilo de las giras y se esforzó por ir, directamente, a las masas, a hablar con ellas, a convivir con campesinos, trabajadores, estudiantes y maestros.

El Gral. Cárdenas obtuvo su popularidad total, cuando desterró a Calles. El pueblo entonces encendió una esperanza, la esperanza de un tiempo mejor, sin el predominio de los caudillos, señores feudales supervivientes. Luego vino la expropiación petrolera.

Más tarde, -queremos creer- Cárdenas se sometió a la presión de los Estados Unidos y sacrificó al candidato lógico, de izquierda, para designar, por “mandato divino” a su polo, Manuel Ávila Camacho.

Otro ejemplo de este extraño fenómeno sociológico fue la lucha arrolladora del Henriquismo, pues el pueblo estaba cansado de la doctrina alemanista.

Miguel Henríquez Guzmán no era un varón dedicado a la política. Antes bien, era alérgico a ella. Fue un soldado ejemplar, desde que formó parte en la escolta de cadetes que acompañó al Sr. Madero, y después, a través de sus campañas en toda la República.

“Que se acabe la bamba y venga otro son” fue el grito de las masas y se fortaleció la oposición como repulsa a la continuidad veracruzana.

La política ha ido reduciendo su espacio de acción: ya no es un partido, un club, un despacho en donde generales y ministros y líderes, en cónclave, determinan. La política se desarrolla en el espacio de un despacho, el presidencial, estando los presuntos, sujetos a esa voluntad.

Por culpa de esta política sui generis, el Presidente que llega, tiene el deber de odiar al que se va.

Sweig en su libro acerca de Fouché, apunta el odio que siente el político en contra de quien ha motivado su advenimiento al poder, porque es el principal testigo de que no subió por sus propios méritos, sino por el favor del poderoso.

Y el elegido, ¿es el mejor de los presuntos? No lo sabemos, lo que si sabemos, al día siguiente de su designación, es que desde antes de nacer era un genio, que en el vientre materno ya estaba en actitud pensativa tratando de encontrar solución a los problemas a los que tarde o temprano se tendría que enfrentar. Por lo menos eso es lo que dice la publicidad política. Solo cualidades tiene el futuro Presidente.

La sucesión presidencial es piedra de toque para cada mandatario. Es, espiritualmente una letra de cambio girada al porvenir.

El nuevo Presidente elogiará la obra del anterior, o no lo hará. No es cuestión de agradecimiento y ni siquiera de estructura moral.

Solo tres Presidentes fueron leales con quien los puso en el poder: Miguel Alemán con Ávila Camacho. Adolfo López Mateos con Adolfo Ruiz Cortines y José López Portillo con Luis Echeverría.

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