LA FALTA DE MEMORIA

Por: José Muñoz Cota (✟)

(In Memoriam)

Es posible sobrevivir a las limitaciones cotidianas, a los pecados cometidos y a las reiteradas y pequeñas infamias que uno comete, gracias a la sistemática práctica de olvidar el tiempo pasado.

Así, la historia llena de agujeros no mortifica y, menos aún, estorba como piedra en el camino.

Recordar continuamente la conducta mediocre, las pésimas lecturas, los malos versos que uno perpetró, sería tanto como acumular argumentos en favor del suicidio.

Convéncete, Nicómaco, la virtud meritoria está en estudiar para ser un hombre desmemoriado; el memorioso es un ser peligroso, malévolo, que acecha las horas como cazador furtivo de gazapos.

Hay que leer libros y borrarlos inmediatamente de la conciencia, no atiborrar la mente como se hace con los cuartos para estorbos, colmados de trebejos inútiles que ya no desea uno encontrar de nuevo.

Todos los que se han consagrado a examinar ese aditamento antinatural que convenimos en llamar cultura, coinciden en que el hombre culto es el que prescinde de lo que sabe, de lo que ha oído, de lo que ha visto y analizado, a fin de liberarse del ancla del tiempo pasado que no permite nacer con el alba cada día.

Es que no resulta prudente convivir con fantasmas y la cultura es un museo en donde están catalogadas las vitrinas que exhiben, cuando hay espectadores, las figuras intocables, deshaciéndose, de las momias.

El que gasta su existencia en las bibliotecas, anda pobre en las calles.

El conocimiento de las cuatro operaciones aritméticas me resultó obsoleto. En el desempeño de mi oficio -existir equivale al compromiso de un oficio- he usado dos instrumentos: restar y dividir.

Restar para pagar lo que debo; dividir para que alcance el cumplimiento y quede en la crónica la dignidad de ser un fiel pagador.

Siempre desasosegado tratando de cumplir con algo que ignoramos, la existencia, como las casas antiguas, es víctima de infinitas goteras. Y la biografía es -metáfora náhuatl “una red con agujeros”

Mañana, en el Juicio Final, no van a juzgar tanto por la conducta condicionada, sino por las palabras que espontáneamente emite el hombre sin el cálculo de que toda semilla lleva la posibilidad de una acción, acción que puede ser humanitarísta o deshumanizada.

Olvidar agravios, afrentas, abandonos, sería equivalente a lavar enérgicamente los pisos del espíritu y andar por la calle con el valor de la propia desnudez; sin la memoria en forma de hoja de parra.

¿Cómo se llamaba aquel amigo que empeñó la amistad en la primera oportunidad? ¿Cuál era el nombre del hermano que nunca nació? Hay un monte pio para las horas, los días, los años, en que se pignoraron ilusiones mostrencas.

Encadenarse uno mismo -cadenas a la libertad de ser- es el fruto maduro que cosecha el memorioso.

Nadie debería hablar de su pasado sin avergonzarse. Es saludable romper estos espejos retrospectivos. Ahorcar a la memoria para darse el placer de verla sacar la lengua.

La evocación de los héroes -su culto- es valedera porque sólo exalta sus episodios estelares y nos salva de la rutina, de la mediocridad lastimosa de su vivir cotidiano, antes de llegar las circunstancias que lo sitúan a la mitad del foro.

A Carlyle se le olvida, igual que a Emerson. Ya no se les considera como santones redactando ejemplos de santos. Se prefiere, por repulsa al culto a la personalidad, al pueblo, un héroe ideal que nadie ha tratado y que, sin embargo, existe.

La impiedad del tiempo obliga a definir qué es el tiempo.

El presente es la alcancía de los ayeres que ya no existen de por sí, sino como fantasmas tatuados en el presente. El futuro será, si llega a ser, una proyección en espiral. Luego, lo que nos resta es el presente. Un presente comprometido con el ayer y con el mañana; pero intensamente libre, por lo que puede llegar a ser.