FESTIVIDAD DE SAN ANTONIO.

Por Miguel Ángel Flores Rodríguez.

DIA DEL SANTO PATRON, ¡TODO SE ALOCA!
DEBAJO DEL COMAL LA LUMBRE TRUENA,
ANUNCIANDOLE AL POBRE SU VERBENA…
LAS CHICATANAS TRUENAN EN LA BOCA.
Oralia Méndez Pérez.

Hoy es trece de junio y celebramos la festividad religiosa mas grande de este lugar, evidentemente dedicada a San Antonio de Padua.

Desde luego que los mexicanos dedicamos gran parte de los días del año a todo tipo de fiestas, sean familiares, cívicas o religiosas, aquí en Huatusco, independientemente de las que se realizan en las comunidades o en los barrios, las mas importantes son, desde luego, las fiestas Guadalupanas y la que se celebra el día de hoy dedicada a San Antonio, el santo patrón de Huatusco.

Pero, ¿Desde cuando se realiza esta celebración?

A ciencia cierta no lo sabemos, pero los datos que nos proporciona la historia nos indican que los primeros evangelizadores que pisaron tierras mexicanas fueron franciscanos.

Fray Juan de Tecto desembarca en Veracruz en 1523 al frente de doce misioneros franciscanos e inicia la evangelización y seguramente a eso se debe que los españoles que refundaron la ciudad determinaron que el santo patrono de Huatusco fuera también un franciscano: San Antonio de Padua.

Veamos ahora algunos méritos de este Santo:

Fernando, que tomará el nombre de Antonio al ingresar en la Orden Franciscana, nació en 1195 en Lisboa, que acababa de ser reconquistada a los musulmanes. Si hay que dar crédito a ciertos cronistas, sus padres estaban emparentados con la familia de Godofredo de Bouillon. Lo cierto es que contaban a más de un cruzado en su ascendencia y que nuestro Santo heredó de ellos, seguramente, su magnanimidad y su fortaleza. Falleció en Padua, a los treinta y seis años de edad. Al año siguiente era canonizado por Gregorio IX; y en 1946, Pío XII le proclamaba Doctor de la Iglesia Universal.

Poco sabemos de la juventud de este gran predicador popular, pero sí que se consagró pronto al Señor en el convento de Canónigos Regulares de San Agustín, de San Vicente extramuros de su ciudad natal; y que, disgustado sin duda por el poco recogimiento que podía gozar allí, a causa de las visitas que tenía que recibir de familiares y amistades, solicitó y consiguió trasladarse a otro convento que tenía la misma Orden en Coimbra, que era considerada como la capital intelectual de la nación portuguesa. Era una casa fervorosa, cuyo prior de entonces, Tectonio, había sido íntimo amigo de San Bernardo. Nuestro Santo fue muy pronto la admiración de todos por su profundo conocimiento de la Sagrada Escritura.Le era familiar, pues la estaba leyendo día y noche, en cuanto los deberes se lo permitían; y acabó por saberla casi literalmente, tanta era la memoria de que estaba dotado. Estudió también extensamente a los Santos Padres de los cuales el convento poseía, como todos, metódicas selecciones. Así se comprende cómo la palabra de Dios, fue desde su juventud alimento constante de su alma, será después la luz y el vigor irresistible de su elocuencia.

Algunos años pasó entre los Regulares. Pero un suceso inesperado cambió el rumbo de su vida. La reciente Orden de San Francisco había obtenido de la reina Urraca un pequeño convento en Coimbra. Sus frailes llevaban una vida muy pobre, y nuestro Santo les conocería, precisamente, por la frecuencia con que acudían a mendigar a las puertas de su comunidad. El acontecimiento a que nos referimos fue la traslación triunfal a Coimbra de los restos mortales de los primeros mártires franciscanos, decapitados en Sevilla, adonde habían ido a predicar el Evangelio a los musulmanes. Las dos cajas que contenían las reliquias fueron por breve tiempo depositadas en la iglesia de los Canónigos Regulares.

El Santo pudo rezar a su placer ante las mismas, implorar el valimiento de los gloriosos confesores de Cristo, oír el relato de los milagros obrados por su intercesión, o tal vez ser testigo de alguno de ellos. Lo cierto es que ya desde entonces no tuvo otro deseo que el de derramar su sangre por la Fey por amor al Redentor divino. He aquí por qué a poco tiempo lo encontraron entre los Menores y vistiendo su hábito, con el nombre de Antonio.

Había entrado en la Orden Franciscanacon el explícito deseo de ser enviado a Marruecos, para así tener ocasión de sufrir el martirio. Y fueron atendidas sus ansias, por parte de los Superiores; salió, en efecto, con otro fraile, durante el verano de 1220, embarcado para las tierras africanas. Pero Dios no lo tenía destinado a la anhelada inmolación. Una enfermedad le atacó a su llegada y le retuvo en cama hasta más allá del invierno. La prudencia aconsejó su reembarco. Pero entonces una tempestad le arrojó a las costas de Sicilia. Allí residió una temporada -en el convento de Messina- y después se dirigió hacia Asís, donde tenía que celebrarse el capítulo general de la Orden.

Tuvo allí el gozo de conocer a San Francisco. Pero, en relación con las incidencias del capítulo, su presencia pasó casi inadvertida. Ningún Superior o Guardián le pidió para su Casa. Fue entonces él quien rogó a Fray Graciano, Ministro de la provincia de la Romaña, que le tomase consigo para enseñarle detenidamente los principios de la vida espiritual. Consintió en ello Fray Graciano, conquistado por la humildad y la piedad del joven religioso.

Algo más tarde, en Lombardía, pidió licencia para retirarse a una ermita de Monte Paolo situada junto a Forli. Según su pensar, del todo conforme al del Poverello, nada prepara mejor que una larga soledad a los trabajos apostólicos.

Muy pronto, sin embargo, el Señor iba a poner en evidencia los dones de Antonio. Un día en que los menores y varios jóvenes dominicos se hallaban reunidos fraternalmente en Forli, con motivo de una Ordenación, el Superior local mandóle a Fray Antonio que predicase a todos algo que el Espíritu Santo quisiera inspirarle. Fue una revelación sorprendente. Aquel frailecillo insignificante, a quien se consideraba más apto para fregar la vajilla que para disertar teológicamente, resultaba ser un formidable orador, lleno de ideas esplendorosas, expresadas con perfecto orden y rara habilidad, lleno, sobre todo, de fuego y entusiasmo divino.

No se tardaría en enviarle a predicar a las localidades vecinas, y pronto resonaría en Francia y en Italia, conmoviendo a las muchedumbres, su palabra de fuerza arrebatadora.

Empezó por combatir a los herejes de Lombardía. Parece que fue en Rímini donde redujo a uno de ellos, que negaba la presencia real de Jesús en la Eucaristía, con un famoso milagro: el mulo del hereje, en vez de echarse a devorar el haz de heno que se le puso delante, con todo y estar hambriento, se arrodilló ante Antonio, que llevaba colocada en un cáliz una hostia consagrada.

De la misma época es el prodigio de la predicación de Antonio a los peces. Las gentes de la ciudad habían rehusado escucharle. Convoca a los peces, y ellos vienen y salen al borde de la orilla, asomando sus cabezas atentas…

Según algunos de sus biógrafos, San Antonio, en sus predicaciones en Francia, tomó parte directa en la ruda campaña emprendida por Santo Domingo de Guzmán y sus hijos contra los albigenses. Parece que, por ello, principalmente, sus contemporáneos le llamaron “Martillo de los herejes”.

Sin embargo, durante aquellos años no se desinteresó de la vida de su Orden. Nombrado por los Superiores, fue profesor de Teología de los suyos en más de un sitio: probablemente, en Toulouse y en Montpellier. Le encontramos Guardián del convento de Puy; le encontramos en Bourges, en Limoges, en Brive, donde funda un nuevo convento. Y en todas partes predicando y sembrando milagros. En Limoges estaba perorando al aire libre cuando estalló una tormenta de agua. Pánico de la multitud. Pero el predicador les detiene diciéndoles: “No temáis nada, no os mováis, continuad escuchando la palabra de Dios. Yo espero de Él, que jamás defrauda nuestra esperanza, que la lluvia no nos alcanzará”. En efecto, cuando, terminado el sermón, los oyentes se retiraron, pudieron constatar con admiración que había permanecido seca y sin recibir una gota de agua la explanada donde Antonio predicó.

Otro prodigio. Fue Fray Antonio a un capítulo de menores celebrado en Arles-en-Provence y en él predicó un sermón sobre la cruz de Jesucristo. Poco tiempo más tarde iría San Francisco. Durante el sermón, un fraile, levantando los ojos, vio al Poverello pareciéndose sobre la asamblea con los brazos abiertos y retirándose después de haber bendecido al predicador.

(El Poverello, el Pobrecillo de Asís, San Francisco)

Ignoramos cuándo el Santo dejó el suelo francés. Pero es cierto que en 1228 predicó la Cuaresma en Padua, donde residió hasta su muerte, acaecida en 1231.

Padua era en aquella época una ciudad rica y próspera. Se acababa de fundar allí, en 1222, una Universidad, que había de ser una de las más célebres de Europa. Pero la población era devorada por dos males: la usura y las luchas incesantes con su vecina, Verona, encuadradas en la larga guerra de los “güelfos” y “gibelinos”, o sea, entre los partidarios del gobierno del Papa y los del gobierno del Emperador germánico. Padua figuraba en el primer partido y Verona en el segundo.

Buen campo de acción para la elocuencia de Antonio. Su palabra atrajo tal afluencia de auditorio, que muy pronto fue preciso salir de las iglesias y hacer las predicaciones al aire libre, en plena plaza o campiña. Se acudía de todas partes a oír al prestigioso orador. Los comerciantes cerraban las tiendas para ir al sermón. Se venía a media noche a tomar sitio para la mañana siguiente. Y pronto precisó montar una guardia para defender al Santo de las importunidades de la gente, ávida de tocarle o cortar pedazos de su ropa.

No han quedado de esos sermones más que algunos esquemas en latín. Pero es vivo en Padua el recuerdo de los prodigios obrados por aquella palabra, penetrada de Dios. Usureros, que renunciaron a sus ganancias; ladrones, que se convirtieron en hombres honestos; enemigos que se reconciliaron; pecadores, de toda especie, que volvieron a las buenas costumbres…

Súbitamente, empero, tuvo que interrumpir el Santo su campaña. Agotado por sus austeridades y su labor apostólica, refugióse en la soledad, en la cual tantas veces había renovado su vida espiritual, utilizando una cabaña que se había adaptado, cara a la ciudad.

A los quince días, sintiendo cerca la muerte, se hizo transportar al convento. No llegó a. Fue preciso pararse en el camino. Llena de gozo celestial su alma, invocando a la Virgen y exclamando en éxtasis: “Ya veo a mi Señor”, entró en las delicias eternas. Padua entera se vistió de duelo. Gritaban las gentes por las calles de Padua: “¡Ha muerto el Santo…!”.

Y cuarenta y siete milagros comprobados por la comisión pontificia dieron rápido empuje, abrieron sorprendente atajo, a la glorificación canónica del Hijo predilecto del Serafín de Asís.

¡Vaya calidad de nuestro Santo Patrón!

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