ELEGIA DE LOS TITIRITEROS

POR: JOSÉ MUÑOZ COTA

(In Memoriam)

Una noche, Bonequi, me dijiste: somos entre las manos de la ciudad sonámbula la maroma del tiempo. ¿O fui yo quien lo dijo? Quedaron las palabras como en un crucifijo. Esto pasó en Santiago. La noche ronda triste y otoño en sus alfombras pone oro y soledades.

¡Qué cansancio en las manos de atropellar edades! ¡Qué cansancio en los pies de ir empujando sombras!

Ella era tan inútil, leña niña sin llamas, parca niña sin agua o gaviota sin aire.

A su paso tú y yo fuimos sombra en sus ramas.

Recuerdo nuestro empeño de asesinar al sueño. De vidrio, torturadas, las calles alargadas nos eran en el cuerpo inyecciones clavadas.

Luego ella nos cantaba una de esas canciones como túnel, humosas, en donde hay corazones y penas vagarosas. De donde sale uno diciéndose angustiado: un hombrecito extraño, un absurdo testigo con su luto tallado ha nacido conmigo.

Huidizo como túnel que está muriendo viajes y sin embargo queda gritando en dos paisajes.

Algo en mí no ajustado, flojo, turbio, caído, como títere sucio en escena vencido.

El títere que mueven las manos inexpertas, pródigas sin volver, con sus muertes ya muertas.

La misma soledad de cal y canto con que el tablado se deshace en llanto.

Hoy, Bonequi, no presiento en verdad si no vienes, o si también caminas por el aire, dialogando conmigo tu rosa soledad.

Nos hemos dispersado. Tú moriste.

Ella, tan diminuta como velero triste ¿en qué remota edad tendrá su barco anclado?…

Yo sigo dialogando, puesta en limpio mi huella con ese mi hombrecito sentimental y vago que me nació en la voz al dolor de una estrella una noche en el parque que llaman de Santiago.