EL VICIO DE COLECCIONAR

POR: JOSÉ MUÑOZ COTA

(In Memoriam)

Hace años -también se coleccionan los años- que elogié a un amigo querido -hombre de letras, poeta, varón de bondades y atenciones-, Rafael Bernal, ya muerto. (Quizá nunca supo) cómo estimaba su talento y su corazón, traductor fiel de la caridad paulina. Lo elogié porque, además de sus cualidades intrínsecas, era coleccionista de timbres postales y, muy à menudo, llevaba al café Paris Express sus cuadernos con ejemplares rarísimos. Yo viajaba sin boleto, por aquellos mundos de fantasía coloreada y era como sentirme carta, vagabunda y romántica, dirigida a las nubes.

Todos los hombres coleccionamos algo. Puede ser que la esencia del quehacer humano estribe en este afán de ir amontonando cosas, Ideas, palabras o acciones que conforman, más tarde, la auténtica biografía.

La cultura, también ella, no es, a fin de cuentas, sino una colección de conocimientos, de cifras, datos, noticias, emociones y actitudes, todo lo que da color y sabor a la conducta; el erudito es un coleccionista que extravió el ritmo normal y comete ya extravagancias, simpáticas o no, en cuanto se preocupa por buscar anhelantemente, datos y minucias alarmantes. ¿De qué color fueron los ojos de Eva? ¿Tenía el cabello rubio o negro o caoba?

El avaro colecciona monedas de oro; hay quienes reúnen amas antiguas; cajetillas de fósforos; y las bibliotecas encarcelan libros en estantes, gozosas de estar ahí incunables, primeras ediciones, ejemplares únicos que desafían el polvo de los siglos… Don Juan Tenorio -coleccionista irreverente- apiña corazones femeninos y luego muestra las etiquetas, bien escritas, con caligrafía soñadora, para asombro de quien las mira. Los políticos coleccionan Poder; los pobres coleccionan lágrimas; los jóvenes, afán de protestas y rebeldías…

Y yo, como otros empecinados en estas tareas superfluas, coleccionamos palabras; victima ingenua del lenguaje.

Apunta Cassirer: “El lenguaje ha sido enlazado siempre en términos ditirámbicos; se ha visto siempre en el la auténtica expresión y la prueba innegable de aquella “razón” que coloca al hombre por encima de las bestias. Pero los argumentos que se aducen en apoyo de esto ¿son acaso verdaderas pruebas o constituyen más bien una especie de vacua idolatría que el lenguaje se tributa a sí mismo? ¿Tienen en realidad un valor filosófico, o son argumentos puramente retóricos?”.

¡Seria del diablo haber coleccionado hileras de palabras falsas!, descubrir, cuando ya no hay tiempo para enmendar la acción que el poeta Porfirio Barba Jacob, nos había definido siniestramente

“Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña obscura de obscuro pedernal: la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal”. (100)

Feliz era mi abuela -con sus enaguas almidonadas- coleccionando plegarias, a la sombra de la Virgen de la Soledad, mientras que la virgen le agradecía su charla provinciana y su laboriosa y limpia devoción… Confieso que a mí me gusta, extraordinariamente, coleccionar hojas de papel; prefiero el papel de buena calidad, particularmente papel de bastantes kilos de peso. Lo guardo; pero su presencia es una incitación constante, placer cabal, para escribir palabras y palabras, sin más urgencia que escribirlas, como si, por no caberme dentro, estuviera obligado a sacarlas a luz, a depositarlas en las cuartillas limpias que son como las hojas de un árbol misterio, mágico, que me creciera en las entrañas…

¡Angustias de coleccionista!, porque, definitivamente, todos los hombres coleccionamos algo, el pintor colores y formas; el pota imágenes y metáforas; el músico, sonidos, armonías; y nosotros palabras, palabras, palabras, que no es pequeño tesoro ni urgencia mínima, ni que hacer menos quemante.

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