EL SAGRADO PRINCIPIO DE AUTORIDAD

POR: JOSÉ MUÑOZ COTA

(In Memoriam)

Las palabras, como duendes traviesos, juegan malas pasadas a los humanos; escamotean su auténtico significado y acaban por hacernos creer que lo blanco es negro o viceversa.

Veamos un ejemplo: anarquía -inclusive en el diccionario-, no obstante la precisión de sus raíces formativas, han degenerado en un concepto concluyente de desorden de caos que camina a filo de lo diabólico, que suena a bomba incendiaria. Sin embargo, anarquía y orden son términos complementarios -recuérdese el magnífico estudio de Herbert Read: Orden y libertad- y el anarquista es, generalmente, un ser que abomina de lo caótico precisamente por que destaca la presencia de la individualidad que no es concebible sino a base de un mutuo respeto y, además, de un mutuo apoyo, como categóricamente lo definió Kropotkin.

Algo semejante ha ocurrido con el concepto de autoridad. Erich Fromm -para no citar sino a una sola autoridad en la materia- distingue dos variedades en el campo de la autoridad.

Autoridad como sinónimo de competencia, es la una. Un médico es -o puede ser- autoridad en medicina: un ingeniero es autoridad en la construcción de casas, de presas de caminos, según su especialidad y, así sucesivamente.

Los profanos en cada una de estas disciplinas técnicas o científicas, recurriremos a su autoridad en tanto los necesitemos; que de todos modos esta es una necesidad circunstancial y concreta. Hacia ellos irá dirigida nuestra admiración, nuestro respeto, el acatamiento a sus disposiciones, puesto que no vamos a opinar sobre las cifras de resistencia de materiales o sobre los medicamentos y su proporción; pero el uso común y corriente ha prestado a la palabra autoridad otra connotación distinta a la anterior, antagónica a ella. Es la que se refiere al ejercicio del poder, del mando, a la autoridad irracional. Esta autoridad descansará sobre el miedo porque no tiene otra alternativa. Mientras la autoridad como competencia, como síntesis de conocimiento y de moral, no ha menester de la coacción porque ella es respetada en forma espontánea, la autoridad irracional se impone mediante la amenaza o la ejecución de los castigos

Confesemos -con rubor- que las pedagogías -a través de la historia de la educación-, se han cimentado, fundamentado y practicado, en función de los premios y los castigos, del soborno moral y de la represión moral con miras al infierno o al paraíso.

El principio de autoridad se ha elevado a la jerarquía de algo sagrado por el que los humanos están dispuestos a ofrendar su propia vida

Este principio de autoridad -como suma de poder y de miedo- es lo que informa la perdurabilidad del estado, de cualquier estado

Las normas de buen gobierno que suministra Maquiavelo no son, en síntesis, sino un conjunto de consejos para evitar la caída de los gobernantes frente a la constante zozobra en que viven o se desviven, precisamente porque saben que la característica del poder es el constante peligro en que se debate, el equilibrio inestable en que se angustia, todo porque el poder necesita de la violencia para ser conservado y la violencia -como toda manifestación de odio- engendra una mayor violencia, como toda acción engendra una relación de mayores consecuencias

Los interesados en mantener el privilegio del poder -con todas sus consecuencias- quisieran que la idea de que la autoridad es indispensable -entiéndase, su autoridad irracional- para la convivencia; de otro modo: preferirían que los demás mortales acataran como axioma el principio de la autoridad sagrada, pero como están seguros de que esto es inadmisible y que, además el que ejercita el poder sobre los demás, tiene conciencia de que en cada hombre sumiso está latente un rebelde, es por esto que tiene que apuntalar su poderío, su autoridad, sobre la multiplicidad y el perfeccionamiento de sistemas policiacos y militares; sobre la carrera sin fin de leyes y decretos que sancionan -tratando de eliminar su posibilidad- toda manifestación de rebeldía que ponga en peligro la estabilidad de su autoritarismo.