EL KIOSCO.

POR TEODORO COUTTOLENC MOLINA

En el kiosco, contaban, aparecía en la oscuridad un enano al que nadie podía acercarse. Era horrible, espantoso. Y de pronto empezaba a crecer para, en instantes, sobrepasar el tamaño del propio kiosco y entonces se recostaba en el árbol, desde cuya copa agitaba un pañuelo para saludar o despedirse de la gente. Momentos después desaparecía tal como había llegado, entre risas grotescas.

Para entonces, ya todos estábamos temblando de miedo y mirando a todos lados en la oscuridad tibia del pueblo. Apenas si salía la luz de alguna casa cuyo propietario era de posibles y tenía lámpara de gasolina. En otras, como en la de mis abuelos, se apreciaba la escasa luz de los candiles. Los mayores aprovechaban entonces para recalcar sobre la idea de las brujas, y como para entonces los menores estábamos lo suficientemente escamados y temblorosos, aquellos aprovechaban para gritar, señalando los techos de las casas que se perfilaban a la luz de la luna, “Las brujas, las brujas” “Miren las bolas de lumbre saltar sobre las casas; son las brujas”. Entonces salían corriendo cada cual para su casa. Yo hacía lo mismo lleno de miedo buscando el refugio de la casa abuelesca, pero una ocasión al llegar, encontré a media sala un enorme sapo esponjándose y cantando horriblemente. A mis gritos acudió mi padre, quien sacó al animal aleccionándome para permanecer siempre alejado de él porque “escupía” al rostro de las personas y su salivazo hinchaba, ponía roja y deshacía la cara.