EL FOCO.

Por Miguel Ángel Flores Rodríguez.

Antes de que existiera Laguna Verde esta región era una maravilla, podíamos pasear libremente por grandes extensiones sin ser interrumpidos por nada ni por nadie, una buena cantidad de lagunas le daban al territorio características muy especiales y uno podía acampar donde quisiera sin correr ningún riesgo, bueno, casi ninguno porque si había cocodrilos.

Cerca de una de estas lagunas vivía don Juan, o no sé si vivía, pero ahí tenía una pequeña tienda, donde vendía botanas, refrescos y cervezas.

Nos daba permiso de acampar cerca de su negocio y nos prestaba una lancha y una atarraya para recorrer la pequeña laguna que existía ahí cerca, sin experiencia en la pesca atrapábamos pequeños peces y cangrejos que luego él se encargaba de cocinar haciéndonos un buen caldo caliente y picoso, tal vez lo picoso lo hacía a propósito para que le compráramos las cervezas, que, por cierto, y aún no logro explicarme por qué, las vendía a un precio más bajo que los refrescos.

También muy cerca se encontraba el pueblo de pescadores de la Villa Rica, ahí llegaban los trabajadores del mar por las mañanas con el producto de su faena, tenían unos tanques con hielo donde depositaban lo capturado y allí llegaban los compradores mayoristas, era fácil para nosotros conseguir un buen jurel y por unos cuantos pesos también, alguna señora del lugar nos lo cocinaba, eran tan grandes que una parte la hacía en caldo y la otra frita.

Desde ese lugar es fácil apreciar un islote rocoso donde nos contaron los habitantes que cuenta la tradición oral que fue el lugar donde Hernán Cortés mandó quemar sus naves.

Bueno, pues en estos rumbos conocí una historia que enseguida les voy a contar.

Entre el maravilloso paisaje que existe en este lugar sobresale por su misterio, su forma y su altura el denominado Cerro de los Metates.

Domina el escenario como si de un eterno vigilante se tratara y es que este cerro tiene que ver con la historia de hoy.

Cuenta la gente que algunas noches aparece en la lejanía una extraña y pequeña luz, de repente pareciera que una persona camina entre el monte llevando en la mano una lámpara sorda.

El asunto es que nadie porta lámpara alguna y por eso a este fenómeno le llaman simplemente el foco.

Son pequeñas esferas de luz que emergen de alguna parte del cerro y flotan sobre la vegetación y que cuando chocan con algún árbol o golpean con alguna piedra simplemente se desvanecen, me contaron también que cuando van flotando en el aire emiten un leve sonido.

Nadie se explicaba en que consistían y nadie se preocupaba por su existencia dado que no causaban ningún mal, simplemente daban por hecho su existencia.

Nosotros tampoco lo investigamos.

Entre los mitos que la gente contaba en aquellos tiempos estaba el de que el Cerro de los metates contenía uranio y que ya Japón había hecho negocio con el gobierno para abrir un canal para extraerlo y llevárselo por el mar.

Lo que si es cierto es que a los pies del cerro se encuentra Quiahuixtlán, el lugar donde abunda la lluvia, sitio arqueológico que también fue cementerio totonaca.

Pero esto lo contaré en otra ocasión.

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