EL EVANGELIO DE LA ALEGRIA

POR: JOSÉ MUÑOZ COTA

(In Memoriam)

Es fácil llorar. Sencillo es el llanto. Más fácil, todavía, encolerizarse y clamar y maldecir. Pero que tarea ardua es vivir alegremente. Y, sin embargo, a pesar de quienes han exaltado al dolor y a la angustia, proclamando que son los móviles de la obra creadora, el goce de vivir es lo único que mejora y exalta las condiciones humanas.

Dice el sabio personaje de Locura feliz, el loco filósofo, en un ensayo del Maestro Miguel Giménez Igualada: “Vosotros no veis más que nubes. Yo veo por todas partes alegría, amor y poesía, porque yo soy el amor y soy la alegría y la poesía. En mí, en el loco, vive la belleza; en vosotros, los cuerdos, está la fealdad… ¡Dejadme! -dice gritando con irritación- ¡Dejadme que sueñe, que viva, que cree belleza en medio de este estercolero! Yo no os molesto, yo no voy detrás de vosotros. (155).

La alegría es el lenguaje exacto del amor. El amor es dádiva. El goce del amor está en amar, no tanto en ser amado, sino en amar. El goce de la alegría está, también, en dar, en compartir la alegría de la vida.

¿Quién dijo que éste es “un valle de lágrimas”? Cuando lo que nos rodea, el sol, la luz, el aire, las montañas, los valles, los ríos, las flores y las nubes, todo es hermoso y todo se nos está ofreciendo sin condiciones; cuando vivir es, en sí, un pretexto para ser felices. Porque el hombre disfruta del paisaje, de la sonrisa de los niños, del perfume de los jardines, de la maravilla de la luz; porque el hombre es la medida de todas las cosas y puede gustar del cielo, de la estrellas y de los bosques, de los lagos y de los pájaros… Todo está fanatando la dicha del vivir. ¿Cómo puede repetirse que esto es un vale de lágrimas?

Este loco, en el campo de concentración, es un maestro. Con que sabiduría nos dice: “¡Estoy tan cansado de vivir entre cuerdos que no piensan más que en reñir y en comer! Pero no los odio, no, yo no sé odiar. Solo odian los cuerdos. Ellos desencadenan Ias guerras, ellos nos reducen a esta mísera condición, ellos levantan cuarteles, cárceles e iglesias… ¡Qué cuerdos son!… Pero yo me escapo siempre de sus garras, no intervengo en sus discusiones, no voy a sus iglesias, no comulgo con sus ideas, no hago lo que ellos hacen. Mezclado con ellos, me encuentro siempre sólo”.

No es imposible convivir con los hermanos hombres. Nos bastaría salir todas las mañanas, a la calle, y repartir entre los viandantes una sonrisa, un apretón de manos o, cuando menos, decirles alegremente:

-Buenos días, buen hombre…

-Buenos días, buena mujer…

Y parar a un transeúnte para recitarle un poema o un fragmento de poema y, frente a su asombro, con toda sencillez comentar:

-Hermano, ¿no es bella la poesía?, además, hermano, no olvides la sentencia mágica: no sólo de pan vive el hombre, también vive de poesía… sonreír y continuar el camino.

Tenemos que regalarnos, mutuamente, libros de versos, flores, sonrisas en cuanto hemos llegado al reparto agrario del ensueño.