EL ÁRBOL

POR: TEODORO COUTTOLENC

(In Memoriam)

 

En el rincón último del patio sobrevive un árbol.

Ha perdido ramaje y se le mira reseco; sin futuras auroras,

las ramas pelonas se cimbran

al embate de los soles, del viento, de las manos

de crueles emisarios que aun los despojos

de savia y de madera recogen para leña.

 

No ha mucho, sus hojas le otorgaban el brillo de la vida

en el alba; se mecían con el viento que las acariciaba.

Con su sombra benigna cobijó mil amores,

de salud fue fiel guarda, dio frescor y dio vida

a las aves locales y a las que migraban.

Siempre fuerte, amparó cuantas almas errantes

en sus brazos posaron.

 

Multitud fueron sus corolas, demasiadas sus victorias;

muchos corazones ocurrieron a mostrarle gratitud.

 

Hoy vive en otra etapa: la de senectud;

no hay aves que recuerden cómo fue en plenitud.

Nadie visita su sombra, nadie busca su quietud.

Aquel árbol frondoso ha perdido su follaje,

ha perdido la virtud de amparar los corazones.

 

Hoy es todo ya pasado y en el último rincón del patio,

donde fue alegre y esbelto, se deshace su vigor;

el árbol fuerte, orgulloso -hoy distante y olvidado-

solitario se murió.