EL AMOR NO ADMITE AUTORIDADES

POR: JOSÉ MUÑOZ COTA

(In Memoriam)

Oíste que dijeron: “quien bien te quiere te hará llorar”; pero ello no es verdad necesaria. Puede que quien bien te quiere te haga llorar, será a pesar suyo; será cuando él mismo está sufriendo por apenarte; pero no necesariamente.

El amor es comunión y la comunión es goce, jubilo; se recibe y se da; dar y recibir son apenas los cotiledones de una almendra.

Es que el amor repele las manifestaciones de la autoridad. El orden amoroso se finca en la voluntad en común. No se manda en el amor. No hay necesidad de mandar cuando la donación es natural.

La obediencia mutila la capacidad del ser. Roba parte de su integridad. Deja de ser auténtico, único, para someterse al mandato de otro ser que es auténtico, único; pero que manda, a su vez, degrada su potencialidad solidaria y se disfraza de enemigo de quien sufre su orden y la ejecuta.

Inevitablemente, entre quien manda y quien obedece hay un resquicio para el odio. Una hendedura para los resentimientos. La moral del resentimiento se funda en las órdenes que se dan y en las órdenes que se obedecen.

El que obedece está enfermo de masoquismo y el que manda de sadismo. Esta relación de sádicos y masoquistas es la que ha angustiado al mundo y le ha raptado su sencillez, su prístina manera de ser, su juvenil goce, su adánica inocencia.

Para justificar la división en el amor: el que manda, el que obedece, se ha inventado la teoría de que fatalmente, por razón natural, porque así es en todo, siempre habrá uno que dirige y otro que sigue; es la diferencia de las capacidades, inclusive amatorias, el contraste de cualidades positivas y negativas. Falso. El amor iguala. Si no existe igualdad en el amor, será otra cosa, cualquier otra afectividad, pero no amor. El amor es común de dos. Diferentes, siempre de diferentes, pero el amor es el común denominador.