DESDE HUATUSCO | Añoranzas del ayer.

Por Roberto García Justo

Esta narración fue elaborada por la señora Josefina Lacayo Ramírez viuda de Sanfilippo, con apuntes personales en una libreta (1912). “Pasan por nuestra mente los recuerdos que nos conmueven y nos hacen sentir  nuevamente las emociones que se iniciaban cuando ya estando próximas las fiestas patrias mi mamá se ponía a hacer todos los estrenos y el tradicional uniforme blanco que con tanto sacrificio  lograba pagar. Y la compra de los zapatos, corrientitos pero nuevos para completar el estreno del dieciséis. 

Llegaba el 14 y con él la emoción de salir a presenciar el  bando solemne que recorriendo las principales avenidas se detenía en cada esquina, mientras se dejaban oír las notas de nuestro Himno Nacional,  los comisionados fijaban el programa oficial de los festejos y con ese acto comenzaban.  Con que admiración y envidia contemplábamos el paso de los charros que en esta fecha celebraban su día. Jinetes en magníficos caballos acompañados de lindas chinas poblanas, íbamos a ver lucir sus habilidades en el jaripeo que se hacía en la tarde,  para luego seguir con el torneo de cintas.

Al final, todos cansados pero felices regresábamos a casa, donde nos esperaban para que ayudáramos a colocar los adornos al frente, las banderitas, las guirnaldas, las cadenas de papel de china y por la noche el baile en “El Elefante”,  que tenía fama pues se contrataban a las mejores orquestas. Para el 15 no había ningún acto público, el trueno de los cohetes a la 6 de la mañana y a las 6 de la tarde anunciaba  cuando se izaba y arriaba la bandera,  nos llenaba de un júbilo especial.  

Por la noche había que ir a la velada en el Teatro Solleiro, en  el que se habían preparado los que iban a recitar o interpretar algún personaje histórico, indispensable era bailar el jarabe tapatío. Para terminar, a las once en punto, la ceremonia del grito por la primera autoridad, a quien acompañaban funcionarios y las principales familias de la localidad. Y a recorrer las calles lanzando gritos que mueran los gachupines y que viva México. Los adornos y farolitos tricolores formaban un espectáculo sencillo e inolvidable.

El 16  un desfile con carros alegóricos, muchos cohetes de arranque que a veces tronaban en el suelo o se metían entre las tejas de las casas. Las campanas a todo vuelo el tiempo que duraba la marcha que terminaba en el parque, con un acto donde era indispensable recitaciones por alumnos de las escuelas, el discurso oficial y los bailables. Echaban al aire  globos de colores, instalaban un palo encebado con premios en la punta. Sin darnos cuenta llegaba la noche y nos emocionaba oír la serenata en el kiosco.    

No podían faltar  los ricos mantecados elaborados por  don Pedro Morgado, la sabrosa nieve de limón que preparaba Daniel Cóbilt, las paletas heladas de la cuchilla, los canutos de don Quintin Carreón, los refrescos de Guerrero, los envinados de Nicasio Hernández, los bizcochos, las trompadas, calabazas, chilacayotas y los cacahuates de don Chente Nextle, que no se medía para dar la prueba. Medio comíamos y salíamos a todo correr para la kermes en el parque, donde las muchachas y sus enamorados daban vueltas lanzándose confeti, serpentinas y expresivas miradas. 

Si era posible se compraba un castillo que con giros luminosos nos llenaba de admiración. Cansados por tanto ajetreo, nos íbamos a dormir para que el día siguiente 17, se llevara a cabo la velada de la Sociedad de Socorros Humanidad, los socios  hacían su entrada al Teatro Solleiro, portando  su estandarte. Con esto  daba fin  la conmemoración del Grito de Independencia.

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