CRISTIADA

POR: JOSÉ MUÑOZ COTA

(In Memoriam)

 

El cielo era más ancho, se hizo más ancho

para que en él cupieran las miradas.

El viento, si ya fuerte y ligero, aceleró su azul

porque los pies midieran el camino que corta

en dos sombras al niño, y lo pone a buscar su paso de hombre.

 

Fué por primera vez que el polvo canoso de alfabetos

enderezó su cuerpo y penetró a la sangre y en la mitad de ella

fué dejando llamitas de colores.

Fué que sentí el ardor de la tierra que sube hasta los ojos

y los dobla de frutas y de ramas.

 

 

 

Muy antes ignoraba si vivía la sangre,

pero después caminó con mis piernas.

No me ha dejada nunca. Está en el aire.

El alma en pena de mis juegos rotos me persigue.

Ay, al doblar la vida los presiento, sonámbulos,

asidos como ahorcados al palo de mis sueños.

Aquí están sin caer, muriendo apenas, sin acabar su muerte.

 

Lágrimas hay que dan su fruto a tiempo

y su nostalgia no cae entre las piedras.

Crecidas en el aire, suben al hombre, más altas que su día,

más anchas que su sombra.

 

Llanto de ti, en ti, luchando en él contra el ángel

rebelde que nos ata y nos ciñe a la tierra,

contra el polvo que corta nuestra espada,

el polvo que nos ancla la sangre y hace del respirar exilio trabajoso.

 

Fué que lloré el llanto que colgaron por inútil los violentos varones de mi raza. Porque no renacieran los mutilados cirios de la pólvora.

 

Era más niño, más crecido niño. Duérmete mi llanto, ya viene el Pastor

y en paja caliente dormirá tus lágrimas.

 

 

 

Ellos tuvieron ídolos, ¿yo que tengo?

Ni pan, ni nube, ni agua de monedas,

ni peces que se lleven el agua de mis lágrimas.

Estoy aislado, vacío, sin levaduras, ni aceite, ni vinagre,

ay, tan triste, sin espinas ni cruces,

solo con esta lagrima de madera más tosca.

Estoy pidiendo a voces: ¡crucifíquenme!

Para ver si los brazos en la cruz lo detienen,

íntegro para mí, este cielo sin ancla.