CHUPAMIEL Y LERDO DE TEJADA, VER

DON CHUPA Y SU FAMILIA

Por: Teodoro Couttolenc Molina

Se sientan bajo la sombra de los mangos. Se quedan mirando… aparentemente hacia ningún lugar. Alguno se levanta, va hacia el frente de la casa, trae las cervezas, las destapa y distribuye. Como acordado, las levantan y dan cuenta de ellas en uno o dos tragos gigantes. Luego vuelven a la posición inicial y permanecen así, estáticos, por largo rato.

Alguien, de repente, aventura: “La surada está cabrona. Ni el “Tío Fide” la controla”.

-“Ya tú; déjate de “pachotadas” –le dice su mujer mientras abre los ojos, adormilados aún. Y sin más, vuelve a dormirse repantigada en la silla de plástico.

A un lado, en la pequeña piscina móvil, los chiquillos aprovechan la poca agua que aún tiene para abatir el calor.

Todos se reúnen en la casa de quien, sin decirlo, reconocen como cabeza de la familia. Más de cuatrocientas personas entre hermanos, hijos, sobrinos, nietos, primos y demás parientes, pasan día con día a saludarlo.

Él es un hombre bonachón, delgado, más bien bajo, de apenas setenta y dos años de edad.

Cuentan que fue más que inquieto. Irritable, corajudo, dispuesto a zanjar a golpes la más nimia dificultad.  Cuando casó nadie creía que pudiera hacer vida marital más allá de unos meses. Se sorprendieron cuando nació la primera hija y él continuaba con su mujer. Después vino otra y luego dos varones. Aunque no abandonaba la vida de disipación acostumbrada por los jóvenes y los amigos aún lo contaban para sus aventuras igual que antes, solía –oh, sorpresa general- acudir al hogar para comer, dormir y no intentaba cubrir fuera de la casa matrimonial sus necesidades de hombre. Algo asombroso e inexplicable para todos. Especialmente para el suegro, hombre violento, dueño de tierras y ganado allá en Jesús Carranza, más de mil hectáreas y un número superior a las quinientas reses.

Mientras yo escribo, ellos permanecen en su acostumbrada posición, aunque el sol ya declina y el viento ha empezado a refrescar.

“Chupa miel”, como llaman a don Enrique, sigue recibiendo a sus familiares con afecto. Aunque es diabético, acepta tomar con ellos la cerveza, el tequila o el whiskey. Sabe que le quieren y me ha comentado el consistente afecto que le unió con aquel viejo fuerte que fue don José, su suegro. Este todavía me pudo repetir su leyenda, la compra de su esposa y otras cosas menos conocidas cuando se sentaba a horcajadas en una hamaca debajo de los mangos y, con la patona al lado, hablaba y hablaba contándome, porque le hechizaba recordar su pasado.

Este ganadero, que tenía más de teco que de veracruzano, era conocido como hombre de horca y cuchillo en esas posesiones que estaban rodeadas de ejidos cuyos miembros lo respetaba y temían.

– “Esta mujer –solía decir refiriéndose a su esposa, la madre de los cinco hijos, dos mujeres y tres varones, que eran su propia tribu- se la compré a su padre. Le di dos novillonas y trescientos pesos de aquéllos. Luego quise arrepentirme, pero llegó la primera hija y me chingué” decía. Los conocí a todos, magníficas personas. Él mismo los adoraba, pero solía hablar así cuando se echaba las copas.