ALEGRÍA DE VIVIR

Por: José Muñoz Cota

(In Memoriam)

¿Quién dijo que el dolor, la pena, la angustia, son los motivos principales de la creación? ¿Quién, a su vez, ha declarado que sólo la alegría engendra la grandeza de la obra humana?

Por generaciones se repitió aquello del “valle de lágrimas” como la realidad espinosa de la existencia. Se enseñó a sufrir para merecer;  se admitió la conducta moral como un largo camino de expiación; el cuerpo como una cárcel que confinaba al alma.

Poco a poco hemos ido superando la idea del calvario. Ahora principiamos a reconocer -gracias a la psicología y al psicoanálisis- que la alegría de vivir es el mejor estímulo para los hechos del hombre.

Sin embargo, todavía estamos encaminados hacia los vericuetos del dolor y no le hemos reconocido a la sonrisa, al gesto de buen humor, a la expresión del goce, de la dicha, del sano esparcimiento, su terapia espiritual indiscutible.

Encuentro en Gastón Bachelard esta meditación elocuente: “Por mucho que pueda remontarse el valor gastronómico tiene supremacía sobre el valor alimenticio y es en la alegría y no en la pena, donde el hombre ha encontrado su espíritu. La conquista de lo superfluo produce una excitación espiritual mayor que la de la conquista de lo necesario. El hombre es una creación del deseo, no una creación de la necesidad”.

Esta observación incita a un análisis severo acerca de los términos, necesario y superfluo; pero esta invitación podría ser tema para algún otro comentario. Lo que nos precisa señalar es el papel de la alegría y el de la pena, como medios para encontrar el espíritu.

El que piensa que el mundo está plagado de tentaciones y de caídas, tiene que hacer de la tristeza una especie de baño interior; el dolor y la pena favorecen la catarsis;  el dolor es a manera de una purificación; pero el individuo que aspira a vivir en libertad, que está alerta a la expresión espontánea de su ser, que carece de pre juicios y se siente independiente de algún pecado original, éste, encuentra en la naturaleza mil y un motivos de sana alegría. Lo alegra la luz, el aire, las flores, el color azul del cielo, el horizonte, las montañas. Todo invita al júbilo interior. Realmente, no lo hemos concedido importancia a la vida, preocupados por guardar la solemnidad debida, cuando dentro de la sencillez podríamos descubrir las mil y una razones para la alegría.

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