LAS ROSAS (Parábola)

Por Lindiey Hubbell

Érase una vez un hombre que había regocijo en su jardín un ramo de rosas. Algunas eran blancas, otras rojas y otras amarilla.

Y como estas eran tan bellas, el hombre emprendió un viaje en busca del Maestro, para dejar el hermoso ramo a sus pies.

Llevaba ya recorrido buena parte del camino, cuando encontró a un niño abandonado que lloraba desesperadamente. Entonces se sentó a su lado, procurando consolarle. Y cuando le vio más sereno, continúo su ruta dejándole una de las rosas del ramo que llevaba para el Maestro.

Un poco más adelante se cruzó en la senda con una viuda, que estaba sumida en la más honda aflicción. Y él se detuvo y le dio de su sabiduría, y para que aliviase su quebranto le ofreció otra rosa, de las más bellas que arrancara para dejarlas a las plantas del Maestro.

Un poco más lejos halló junto al camino a una joven, y era tan hermosa, que, al mirarla, sintió que su corazón ardía de amor. Y olvidando lo que iba a buscar, en su admiración, dio a la joven una rosa, la mejor de todas, que tenía aún en sus pétalos perlas de rocío, y que había juzgado digno presente para su Maestro.

Un poco más allá, encontró a una muchacha que bailaba y cantaba. La niña era tan linda y alegre, que él se entretuvo con ella largo tiempo y en pago del placer que le había proporcionado sus danzas y canciones, le arrojó una rosa de las que estaban destinadas para el Maestro.

Luego, cuando había andado buen trecho del camino, vio a un hombre que lo insultó y lo ultrajó sin motivo. Y él, le dio una de sus rosas, y el odio del que lo atacaba se aplacó a la vista de la flor que hubiera debido caer a los pies del Maestro.

Y así, en el transcurso del día, fue repartiendo rosas a los pobres y a los afligidos, a los alegres, a los malos.

Y cuando llegó la noche y se vio ante el Maestro, no se atrevió a levantar sus ojos, avergonzado al ver que ya no le quedaba ni una rosa para poner a sus pies.

Y en medio de su humillación oyó la voz del Maestro que decía: Muy queridas me son las rosas que me diste, hijo mío.

Y entonces el hombre se atrevió a levantar su inclinada frente y vio, lleno de admiración, que todas las rosas que él había repartido, estaban sobre el corazón del Maestro.