Una gran fiesta a Santa María de Guadalupe, organizó el Padre Trejo.

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Por Roberto Vázquez Galán

(Editor del Libro “Un Pregonero de Amor”)

Esta vez retomaremos un fragmento del Libro “Un Pregonero de Amor” llamado Enrique S. Trejo y Domínguez, ya que es el mes en que se festeja a la Virgen de Guadalupe y este segmento da crédito de cómo surgió el tan visitado Cerrito de Guadalupe.

Y el contexto dice:

En Huatusco hay un cerro, un Santuario a la virgen de Guadalupe, al que con frecuencia el Padre Trejo organizaba peregrinaciones con mucho amor y sacrificio, ya que partían a las 4 de la mañana, algunas vences descalzos por un camino pedregoso y en mal estado; aún con lluvia o frío su destino era una capilla en lo alto de la colina.

Unos días antes decía el Sr. Cura Enrique en su celebración de la Eucaristía, que no faltaran, aunque el clima no fuera favorable, porque había que demostrarle a la Virgen Santísima el amor que le tenemos.

El 12 de diciembre era una gran fiesta, se celebraba el día de nuestra Señora de Guadalupe en el Santuario que se encuentra en el cerro. Se iniciaba al caer la noche del 11 de diciembre con las tradicionales mañanitas, varios Coros y Tríos unían su voz con toda la gente que subía al cerro derramando su corazón y agradeciendo a María, todas las bendiciones que a través de ella Dios les repartía; esas noches eran verdaderamente memorables, ya que en su ingenio acostumbrado el padre Trejo hacía concursos de faroles, premiando a los mejores, que debían ser originales y de colores llamativos. Así podían verse aviones, globos, tambores, estrellas, cubos, palomitas y flores, hechas con carrizo y papel de china de colores. Era un espectáculo increíble, ya que desde la ciudad se observaba el cerro y podía verse todo iluminado y colorido. Al otro día a las 12 de la mañana el Sr. Obispo celebraba la Santa Misa en honor a nuestra Señora de Guadalupe en el Santuario del cerro.

La gran fiesta hasta estas fechas se sigue celebrando, pero desafortunadamente se ha perdido un poco ese fervor y alegría que de corazón se ofrecía a la Virgen de Guadalupe, ya que el Sr. Cura en su celo por las cosas de Dios, era muy cuidadoso en observar que no se mezclaran en la fiesta para la virgen, festejos paganos del mundo, todo debía ser sanamente y con respeto. Después de 32 años de que partió a la morada eterna, mucha gente recuerda con nostalgia esas grandes fiestas.

También acostumbró que, en toda la ciudad desde el primero hasta el 12 de diciembre, se hicieran en cada barrio una fiesta en honor a la Virgen de Guadalupe, en las que se acostumbraba hacer procesiones donde niños representaban a San José y María (la Sagrada Familia), angelitos y una multitud que iban vestidos de pastorcitos cantando alabanzas; después de la peregrinación se llegaba al barrio que esa noche organizaba la fiesta.

Al inicio del festejo, siempre se realizaba una representación de lo que fueron las apariciones de la Virgen María en el cerro del Tepeyac; poco después y para entretener a la multitud se hacía una presentación de bailables, algunos tríos y todo tipo de manifestaciones artísticas, sin faltar juegos como: carreras de encostalados, palo encebado, la polaca o lotería y otros tantos típicos de nuestras tierras.

Todo esto contando con la presencia de nuestro Sr. Cura Enrique Trejo, con su característica alegría observaba que cada fiesta se hiciera en paz y sin desorden, pero el culmen de la fiesta llegaba cuando decidía participar, demostrando su talento artístico que consistía en tocar el serrucho, logrando efectuar con él hermosas melodías de todo tipo entre otras el Ave María para gran deleite de los que tuvieron la fortuna de escucharlo.

Además, en estas fiestas se podían saborear toda clase de antojitos mexicanos, que con mucho amor preparaban sus fieles servidoras, con el propósito de reunir fondos para la construcción del templo. Todos los barrios se esforzaban por organizar la mejor y más lúcida de las fiestas en honor a la Virgen de Guadalupe, incluso surgió cierta competencia entre los barrios, demostrando así su amor y devoción por María Santísima.

El Padre Enrique cada año hacía peregrinaciones a la Basílica, invitaba con tanto amor a sus feligreses, que se llevaban varios autobuses. Partían juntos, pero por diversos motivos entre ellos el tráfico se separaban y en uno de los viajes, sucedió que uno de los autobuses que iba adelante se descompuso y su chofer trató de arreglarlo, sin poder hacerlo; poco después le dio alcance el autobús en que iba el Padre Enrique y éste al bajar preguntó al chofer -que sucedía; respondiendo -padrecito, se descompuso el carro y no quiere arrancar, el Padre Trejo al escuchar esto, pidió al chofer del Autobús en que venía, que continuara su camino y al subir en el vehículo descompuesto dijo -vámonos, que la Virgen de Guadalupe nos espera; y para sorpresa todos arrancó. En ese momento una señora dijo con gran admiración -hasta parece que el carro le obedece. Y sin más contratiempos pudieron llegar a ver a la Madre del cielo.

A la fecha el Cerrito de Guadalupe luce así, gracias a iniciativa de Miguel Sedas Castro quien tuvo la idea de colocar esta imagen de la Virgen a un costado de la capilla y a mucha gente que aportó su granito de arena.

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